El plátano de Canarias es, probablemente, el caso más paradójico del sistema agroalimentario español. Dispone de una Indicación Geográfica Protegida (IGP) reconocida por el consumidor, una identidad visual consolidada, un producto que gana las pruebas de sabor frente a la banana y un nivel de notoriedad de marca que ya querrían para sí muchos productos con presupuestos publicitarios muy superiores. Sin embargo, el agricultor canario lleva años viendo cómo su margen se estrecha, cómo la banana gana cuota en el lineal y cómo su capacidad de negociación frente a la gran distribución se reduce.
La razón de esa paradoja no está en el producto, ni en la marca, ni en el consumidor. Está en la estructura de comercialización. Detrás de la imagen unitaria del plátano de Canarias, hay múltiples organizaciones de productores que operan de forma independiente, compitiendo entre sí en precio ante las centrales de compra de las grandes cadenas. El resultado es un contrasentido estructural: una marca fuerte hacia fuera y una arquitectura comercial débil hacia dentro.

